martes, mayo 18, 2021
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LA CAÍDA DEL VIENTO OESTE

LA CAÍDA DEL VIENTO OESTE

Gregory Benford y Gordon Eklund

Se detuvo. Flotaba.

Allí adelante estaba Céfiro, un punto negro en el ojo del Sol, rodeado por el tenue halo luminoso de su cabellera: roja, anaranjado metano, divina. La cola apenas empezaba a ondear y a retorcerse (acababan de cruzar la órbita de Marte), pero nadie en Céfiro veía las hebras de gas ionizado danzando al caer de la cabeza del cometa, más y más veloces a medida que se acercaba al sol. Céfiro estaba demasiado cerca para ellos. La cola del cometa se desplazaba a lo largo de setecientos mil kilómetros a partir de la roca en la que Paul había vivido toda su vida, y ya se sabe que un cometa sólo puede contemplarse bien desde su flanco. Los de la Tierra sí que estaban bien ubicados para ver el espectáculo. Si es que tenían algún interés.

Su vehículo tintineó, murmuró, se deslizó debajo de él; los sensores de masa se habían afincado en Céfiro y estaban cumpliendo con su función de estudiar la roca que se precipitaba para tratar de encontrar nuevos metales: ¿zinc para construir láminas de intercambio iónico? No. ¿Cobre? (siempre hacen falta buenos conductores). Tampoco.

—Máquina idiota —dijo Paul y cambió el control automático a manual.

Los sensores no encontraron nada porque la primera corteza, de tres kilómetros de profundidad, era hielo puro: hidratos de amoníaco, metano e impurezas varias (pero eso sí, las impurezas son las que hacen la diferencia, las que le dan a Céfiro un sabor peculiar). Una bola de nieve con una roca en el medio. Céfiro: el hogar.

El viento oeste: ésa fue la definición que encontró Paul en el diccionario a los nueve años. O bien: algo liviano, etéreo o insustancial, otra definición. (¿Por qué habrá más de un significado para una misma palabra? pensó en aquel momento. Parecía poco práctico. Claro que sólo tenía nueve años.) Ahora le parecía más adecuada la segunda definición. Los cometas son insustanciales; Céfiro era una tibia bufanda de gas atada a una roca negro azabache, que se precipitaba hacia la mueca solar.

Pero sólo ahora resultaba adecuada la segunda definición. Veintisiete años atrás, al nacer Paul, el gas ondulante era hielo puro que flotaba sin rumbo junto con la roca y exploraba la oscuridad total más allá de Plutón. En aquel tiempo hacía mucho frío incluso en el corazón de Céfiro, pero Paul no podía acordarse.

Su búsqueda había terminado. Desvió ligeramente el vehículo para sincronizarlo con la rotación de Céfiro, encontró la cámara de entrada principal e hizo deslizar su módulo por allí. Las paredes de la cámara eran de plastiforma rígida y dejaban pasar algo de la luz acuosa del manto de hielo. Los tres kilómetros pasaron rápido. Llevó el vehículo hasta su amarradero, ayudó a uno de los encargados de la esclusa a asegurar la bolsa de desperdicios metálicos que había encontrado y salió.

El encargado salió tras él.

—¡Eh! —lo llamó—. ¿La vio?

—Si vi ¿qué?

—La Tierra.

—Ah… sí.

—Bueno y ¿cómo es?

—Hermosa. Blanca, casi toda blanca. No pude ver la Luna.

El viejo asintió con entusiasmo. Paul notó que quería que le contase más, pero no había más que contar, en realidad. La Tierra era un punto brillante, nada más. El encargado parecía tener sesenta años, por lo menos; Paul creyó reconocer en él al viejo Resnick. Para un hombre de esa edad, la Tierra significaba algo. Para Paul, nacido en Céfiro, la Tierra era una voz opaca e impersonal que casi siempre daba órdenes y de vez en cuando brindaba ayuda.

—Eso es todo —dijo Paul, y se dio media vuelta.

El reloj del corredor le indicó que ya era la hora de la reunión. Ufa, más diatribas. Había estado escuchando diatribas por todas partes últimamente. Todo el mundo se había convertido en teórico de la política. Pero el hecho de pertenecer a la familia más importante en cierto modo lo obligaba a dar la cara. Y en el peor de los casos siempre iba a poder reírse un poco a costa de Elias.

Bordeó con toda calma los pasillos helados; se oía el murmullo lejano de conversaciones; aspiró el aire con olor aceitoso —los filtros de aire estaban saturados— (Dios mío, ¿tendría que volver a hablarles a esos idiotas?) con un lejano olor a comida; sintió un ligero descenso de la gravedad aparente a medida que subió corriendo tres niveles (hacia adentro, hacia el centro de Céfiro); la sonrisa de un amigo que pasa al lado; apura el paso y llega a la reunión con cinco minutos de atraso.

Paul encontró una silla desocupada en la primera fila y se dejó caer en ella. Paseó la mirada por el salón. Allí estaban los representantes de la tercera generación, casi cincuenta hombres, todos menores de cuarenta, y un número casi equivalente de mujeres. Elias estaba de pie frente a ellos, arropado en su propia dignidad, y le dirigió una sonrisa a Paul.

—Ahora podemos empezar —dijo Elias, levantando la vista—. Paul ya está aquí, y nadie ignora lo importante que es para nuestra causa.

Uff, pensó Paul mientras dejaba de prestar atención. Echó una ojeada distraída a la muchacha que estaba sentada a su lado. Era menuda y tenía un cabello increíblemente rojo —¿quién sería portador de esos genes en la segunda generación?— y pecas que le bailaban en las mejillas pálidas. Cubriéndose la boca con una mano, murmuró:

—¿No eres Melinda Aurten?

La chica dijo que sí y Paul sintió que empezaba a excitarse. No podía tener más de diecisiete años y jamás había hablado con ella antes. Al inclinarse para seguir habiéndole sintió un ligero remordimiento. Una vez más, ¿no es cierto? Tanto como para mantenerse en forma. Ser un tipo importante siempre tiene sus ventajas, merecidas o no.

—Yo digo que tenemos que plantear nuestras exigencias de inmediato—decía Elias, con una voz tai vez demasiado chillona—. Y deberán admitirlas. Somos la tercera generación. Somos los que más tenemos que perder, los que tenemos más vida por delante. La primera es demasiado vieja… la mayor parte de sus mejores hombres ya están muertos. La cuarta es demasiado joven.

—¿Por qué no te había visto antes? —le susurraba Paul a Melinda—. ¿Tendré siempre tan mala suerte?

—Yo estuve aquí —dijo ella—. No te fijaste… simplemente.

Se oyó la voz de una muchacha desde el fondo del salón:

—¿No podemos esperar hasta que…?

—¡Esperar —dijo Elias airadamente—. ¿Esperar? Los cohetes que vienen de Luna llegarán dentro da un mes. Un mes.

—¿Por qué dices eso? —dijo la voz— ¿Te lo dijo Randall?

—Me temo que no tuvo tiempo —respondió Elias con sorna. Le echó una ojeada a Paul, que le devolvió la sonrisa y se inclinó para tomar la mano de Melinda.

—Pero tiene que haber alguna razón para que nos recojan en la curva interna de la órbita, en lugar de la externa como habían planeado —dijo la chica.

Paul la conocía. Era Zanzee, una morena con la que había compartido el cuarto, siete años atrás. Recordaba muy bien su risa burbujeante. En fin… Bueno, pero allí estaba Melinda.

—Randall dice que fue una decisión de tipo administrativo de la Tierra. Quieren todos nuestros registros para la órbita completa de setenta y tres años. Según Randall, además, el encuentro de este lado de la órbita es un poco más barato. ¿Alguien puede confirmarlo?

—Yo controlé esa información —dijo Paul, con los ojos todavía fijos en Melinda. Ella lo miraba por entre las pestañas—. Es una cuestión de pura balística. Es un poco más barato, no demasiado.

—De modo que es un pretexto —dijo Elias—. Quieren sacarnos de Céfiro antes de que nosotros, la tercera generación, tengamos tiempo de organizamos. Randall sabe muy bien lo que pensamos.

Paul se inclinó muy cerca de Melinda y, pegándole los labios al oído, le dijo:

—Vámonos de aquí.

—¿Ahora? Pero…

—Ahora.

La voz de Elias tenía una tonalidad más cálida, más segura.

—No tenemos alternativas. La cuestión es en realidad muy sencilla. ¿Nos quedamos en este mundo, que es nuestro, o nos vamos al que llaman nuestro planeta madre? Yo tengo mi propia respuesta para esta pregunta. Pero no puedo responder por los demás. ¿Qué dicen ustedes?

Paul se puso de pie y arrastró a Melinda consigo. Cien pares de ojos parpadearon y centellearon.

¿Paul? —dijo Elias— ¿Adonde…? No puedes…

Risas.

—Estoy cansado —dijo Paul, volviéndose hacia él y dedicándole una sonrisa de compromiso—, más cansado que un tronco viejo. Tengo que ir a la cama.

Más risas y Elias que se sonroja y baja los ojos al suelo. Mientras avanzaba por el corredor, con su brazo derecho rodeando la esbelta cintura de Melinda, Paul oyó que decían:

—Quédate. Quédate.

Y pensó: «Elias domina a las masas, lástima que sea un plomazo».

En un intervalo que duró una hora y veintiséis minutos:

—¿Tienes sarampión?

—No seas tonto. Bien sabes que no.

—Pero tienes manchas por todas partes… hasta… aquí.

—Ssí… Ah.

Una pausa, y

—¿Por qué no te recuestas? Ya no das más.

—No es eso. Estoy un poco nerviosa.

—¿Por nosotros?

—No. No exactamente. No es la primera vez, como te imaginarás.

—Bien.

—No, calma.

—Me pregunto qué es lo que planea hacer Elias.

—¿Elias? Nada. Es incapaz de ponerse los zapatos sin un manual de instrucciones.

—Sus discursos son…

—Una catarata de mentiras y omisiones, como dijo un poeta.

—Creo que…

—Veamos, este brazo va aquí, esta pierna allí y…

Caminó un rato sin rumbo fijo; los corredores se movían como lentos glaciares, a lo largo de las salas de proyección. Sintió un arrebato y se paró a mirar. El mamut tridimensional que estaba montado contra una pared se había reconstruido ensamblando trozos dispersos varios años después de que saliera la expedición Céfiro. Paul había pasado horas allí, mirando cómo Neptuno se deslizaba majestuosamente o simplemente estudiando las estrellas. Ahora, en cambio, miraba el vacío, dejando que sus negras manos hicieran presa de todos sus sentidos.

Era el único modo de mirar el vacío sin tener que salir en un vehículo de exploración. La vida de toda la expedición dependía de la capa de nieve de metano y de amoníaco que los mantenía encerrados en la roca. La nieve misma estaba cubierta por un manto de plastiforma flexible que evitaba que se evaporara la mayor parte del gas. La sociedad que vivía en el corazón de la roca derretía la nieve para obtener las materias primas —nitrógeno, carbono, hidrógeno, oxígeno— que alimentaban las granjas hidropónicas y proporcionaban combustible para los reactores de fusión. Vivimos del viento oeste, pensó Paul, y el vacío se alimenta de nosotros.

Paul dirigió la mirada hacia la Tierra. Espesas nubes blancas; debajo de ellas mares de un azul brillante y manchones de tierra marrón desértica. La veía y no acababa de comprender: era hermosa, bellísima, refulgente de vida humana y sin embargo los video tapes de trideo que había visto mostraban gente hacinada como perros; alimentos racionados; guerras y motines; tonos sombríos y grises.

La mayor parte de la gente que llenaba las salas de trideo pertenecía a la primera generación, y miraba la pantalla como con hambre. Paul los observó. Después se fue.

Recordaba los rincones y los recodos del vivero que los hombres habían cavado en la roca. Lugares en los que había estudiado, amigos que después había perdido, los tempranos y sudorosos escarceos con su primera chica. ¿Acaso no había temblado ella cuando él la tocó? ¿Y no había temblado él también?

Y ése era el lugar… sí, donde Randall había tenido que enfrentar a una manifestación de rebeldes, irritados por la gran cantidad de horas que había llevado reparar los fermentados tanques hidropónicos.

Viejos tiempos. Recordaba los corredores a medida que los recorría.

Golpeó la puerta y escuchó la frágil voz de Randall. Entró en la habitación —amplia, con reproducciones de los retorcidos infiernos del Bosco y paredes empapeladas de verde— y cerró la puerta nuevamente.

Randall estaba sentado frente a un gran escritorio, hablando lentamente en dirección a un micrófono cubierto. Cuando terminó, se volvió sonriente, una mata de pelo blanco, cejas densas, y dijo:

—Creo recordarte. ¿No eres mi nieto?

Paul asintió con prudencia, ocultando una mueca, y dijo:

—¿Y tú no eres una especie de gran jefe?

Randall se rió:

—¿Por dónde anduviste últimamente?

—Por allí —dijo Paul—. Ya te imaginas.

—Sí, me imagino —dijo Randall—. Todavía me acuerdo de ciertas cosas.

Buscó en el bolsillo del saco y sacó una hoja de papel húmeda y amarillenta. La desplegó con ternura.

—Veamos que líos estuviste haciendo.

—¿Otra vez espiándome? —Paul sabía que era un papel en blanco, pero estaba acostumbrado al jueguito.

Randall sonrió.

—¿Por qué crees que soy el Primero? ¿Para poder enterarme de las cosas por la prensa con un mes de atraso?

Randall recorrió el papel con los ojos, frunciendo el ceño. Profundas arrugas le atravesaban las mejillas gordas y fláccidas.

—De acuerdo con esto, parece que sigues siendo muy popular en ciertos lugares. No sueles dormir solo.

—¿Te parece mal?

—No, si sigues cumpliendo con tus obligaciones como hasta ahora. Podrías haber sido un excelente Primero. Si yo no hubiese durado tanto ya lo serías. Pero el entrenamiento te resultará útil, incluso cuando estemos de vuelta en la Tierra.

Randall sonrió. Las muchas arrugas de la piel casi le ocultaban la palidez.

—¿Qué dices? Mira.

Paul tomó un bolígrafo de encima del escritorio y lo dejó caer el metro y medio que había hasta el suelo. Cayó rodando un poco.

—Cinco segundos. En la Tierra habría tardado menos de un segundo. No hay mucha aceleración en Céfiro, abuelo… nuestra gravedad aparente equivale a una vigésima parte de la de la Tierra.

—Bien…

—No podemos vivir allí. Ni siquiera podríamos ir caminando a buscar nuestra pensión por invalidez.

—No estaba pensando en que viviéramos en la Tierra exactamente…

—¿Quieres decir que deberé conseguirme un puesto de portero en uno de los laboratorios orbitales?

—No digas tonterías.

—No son tonterías —dijo Paul—. Ninguno de los de la tercera generación quiere volver a la Tierra.

—¿Tampoco tú?

—A mí me importa un carajo.

—Nunca te importó.

—Y nunca me importará, probablemente. No…

—No mientras haya cosas mejores que hacer, ¿no es cierto? De acuerdo. De todos modos la política no es más que una competencia para ver quien grita más. Ojalá tu padre no hubiese extraviado ese cable del propulsor cuando estaba preparando la nave sonda al décimo planeta… era un orador nato. Habría podido manejar muy bien a Elias y a sus amigos liberacionistas y yo podría descansar.

—¿Liberacionistas?

—Claro.

Randall levantó las cejas por encima de la taza de café y miró a Paul ¿No quieres reconocerlo, verdad? Los mismos aullidos. Son una manga de anarquistas.

Se detuvo un momento.

—Dime, ¿no sabes por casualidad si estuvieron haciendo transmisiones a la Tierra?

—No creo. ¿Por qué?

—Tal vez crean que todavía quedan liberacionistas en la Tierra.

—¿Después del Año de la Purga? Elias vio las películas, como todos los demás. Está bien al tanto.

—Tengo mis dudas, sin embargo. Hubo mucha charla de liberacionistas cuando preparábamos la expedición. Los liberacionistas incluso tenían la mayoría en algunos países. Se cotorreó mucho acerca de reducir todas las funciones al nivel elemental, se propuso que no hubiese una dirección unificada. Fue una casualidad que llegase a ser Primero de la expedición, a pesar de los esfuerzos de los liberacionistas.

La voz de Randall subía de tono a medida que crecía su excitación.

Después hizo un gesto con la mano como alejando el pensamiento. Se puso de pie lentamente, caminó hasta un gabinete empotrado y abrió la puerta de arriba.

—Pero fuiste tú —dijo Paul— el que decidió gastar la mayor parte de nuestras sondas espaciales en el décimo planeta, cuando nos acercamos tanto a él. Fuiste tú el que abandonó el estudio sistemático de Saturno, aun cuando estaba planeado desde el principio. Tuviste libertad para hacer esas cosas. ¿Dónde voy a encontrar yo un empleo en el que tenga ese margen de libertad?

—Ya te adaptarás —dijo Randall apaciblemente—. ¿Un poco de café?

Paul sacudió la cabeza.

—Deberías cultivar algunos vicios. Pueden llegar a ser buenos compañeros.

Randall se quedó un rato con la vista fija en la taza manchada que sostenía en la mano. El cronómetro zumbó y Randall llenó la taza con un líquido marrón y denso.

—¿Qué significa todo esto, Paul? Pareciera… Dime: ¿estuviste en esa reunión infantil de Elias?

—Un rato.

Paul empezó a golpearse inconscientemente la rodilla con el índice.

Randall se rió. La piel se le arrugó más todavía. Tenía un modo de convertir las carcajadas en una serie de ladridos ásperos que acababa por Irritar a Paul.

—¿Es muy gracioso? —preguntó Paul.

—Claro que sí. Por Dios. Elias debe de ser el vigésimo tonto de este viaje. Cuando zarpó la expedición había quince por lo menos. Es el aburrimiento, Paul. El culpable es el aburrimiento. La única solución consiste en mantener a todo el mundo ocupado, que tengan siempre algo que hacer, así no tienen tiempo de prestar atención a estúpidos como Elias.

Se rió por lo bajo una vez más y tomó un sorbo de café.

—Ese lanzamiento transplutónico fue lo único bueno que hicieron los liberacionistas en su vida… Dios sabrá por qué lo hicieron. Tal vez querían distraer la atención de su régimen que ya entonces empezaba a tener problemas. Fue entonces que sincronizamos nuestra velocidad con la de este cometa, nos cavamos un espacio para vivir en su núcleo, instalamos transformadores de metano y de amoníaco… todo eso mientras los liberacionistas, esos estúpidos, se veían acosados por problemas que no tenían ni idea de cómo resolver. Y justo cuando comenzamos la órbita del año sesenta y siete, defenestraron a los liberacionistas allá en la Tierra ¡Ja!

Randall apoyó enfáticamente la taza sobre el escritorio. El café derramado formó un charquito. Se quedó allí parado un momento, con los ojos fijos en el vacío, reviviendo victorias del pasado. Después se sentó.

—Es muy probable que queden algunos liberacionistas en esta roca. Les habrán transmitido esa basura a sus hijos, a la espera de que… bueno, no importa. No tienen la menor oportunidad.

—¿Ninguna oportunidad? —preguntó Paul. Había escuchado la cantilena sobre los liberacionistas antes. Casi no prestaba atención.

—El décimo planeta, muchacho —dijo Randall con una mueca.

—Omega.

—Sí, Omega, el punto final… pero no es oficial, es sólo un nombre que le pusimos. Hay que dejar que la Tierra se encargue de eso.

—Nosotros lo encontramos, así que lo bautizamos nosotros.

—Puede ser. Fue pura casualidad que nos hayamos acercado tanto. Demasiado, en realidad.

—¿Qué?

—Perdimos velocidad orbital cuando pasamos a través del campo de gravitación de Omega. Céfiro ya no está en su elipse original. Esta vez, cuando nos acerquemos al sol no nos desviaremos al pasar por la órbita de Venus. Vamos a seguir de largo, atravesando incluso la órbita de Mercurio. Estaremos tan cerca del sol que nuestro manto de hielo va a derretirse de inmediato.

Paul se puso de pie de un salto… y después volvió a sentarse, pensativo. Había experimentado un súbito y desesperado sentimiento de pérdida, y no podía comprender por qué.

—Es un cambio importante en la órbita —continuó Randall.

—No había luna —dijo Paul.

—Exacto. Omega no tenía luna, de modo que no había forma de obtener un cálculo preciso de su masa. Por eso fue que tampoco pudimos calcular el movimiento angular que habíamos perdido con respecto al sol. Sólo después de obtener un buen referente con el triángulo formado por Júpiter, la Tierra y el Sol pudimos estar seguros de lo que había ocurrido.

—Nos vamos a achicharrar —dijo Paul.

—Sin duda. Si nos quedamos.

Durante el rato de silencio que siguió Randall vació su taza, sin notar que el rostro de Paul se había endurecido. Un momento después Paul se aflojó, se encogió de hombros y dijo:

—Estando así la cosa lo mejor que puedo hacer es barrer los corredores esta noche. Necesito entrenarme.

—Tengo algunos contactos en la Tierra, viejos amigos. Voy a conseguirte una buena ubicación. Ya me estuve ocupando. Puede ser que el resto de la expedición no lo pase tan bien, pero mi propio nieto…

—Sí, muy bien, pero ¿qué va a pasar con los demás? ¿Por qué no se dio a publicidad todo esto?

—No quiero que cunda el pánico. Es más sencillo tener que vérselas con Elias y sus compinches que manejar esta roca llena de gente histérica.

—Tal vez tengas razón —dijo Paul—. Me gustaría tomar un poco de café ahora. Y un cigarrillo también… necesito ambas cosas.

Había un dejo de tensión en su voz. Randall, sonriente, no lo percibió.

Computadora central: tres niveles hacia adentro, corazón sensor, instrumento para medir un viento oeste.

Paul preguntó: DEFINIR M, CATALOGAR LA SUBMATRIZ, SUMAR REGLA PARA ALCANCE PARAMÉTRICO CERO COMA TRES A UNO CUATRO COMA CINCO, LLAMAR AL MAXIGRUPO ALFA DE OPERACIÓN MATEMÁTICA CODIFICADA, DIAGRAMAR EN FORMA HEMISFÉRICA, PRESENTAR, EJECUTAR, DAR INSTRUCCIONES: ABC.

La primera vez cometió un error. La estructura de siliconas, germanio y telurio meditó, insistió, controló sus instrucciones: sí, estaba equivocado. La pantalla luminosa color verde respondió, con letras de imprenta: ERROR CAMBIAR PROGRAMACIÓN.

Paul corrigió la falla de programación y colocó una nueva ficha. La pregunta decía ahora en inglés: «¿Cuál es la masa de material sólido utilizable dentro del alcance inmediato de Céfiro? Tiempo promedio requerido para todas las órbitas conocidas en el próximo mes. Desplegar el resultado como suma integrada sobre superficies geométricas».

La máquina pensó, reunió datos, y llegó el resultado. Paul estudió la prolija forma hemisférica y tomó algunas notas. Recogió la información y comenzó a desarrollar una complicada ecuación de velocidad con los datos que acababa de obtener.

—¡Caramba! No sólo juegas, también trabajas —dijo Zanzee.

Recorrió el estrecho pasillo entre las estaciones de lectura numérica de la computadora. (Esa sala era una de las primeras que habían cavado en la roca, se la había construido y montado a toda prisa.) Su piel color chocolate lucía fresca, recién lavada.

—¿De dónde sacas el tiempo?

Paul esperó que apareciera una serie de números. Después se sentó en un taburete con las piernas cruzadas en forma desmañada. Levantó la vista con estudiada negligencia.

—Hacía tiempo que no te veía. ¿Cómo estás?

—Como siempre. ¿Es un trabajo tuyo —señalando el informe y acercándose a él— o…?

—Un trabajo privado —dijo Paul, levantando las anotaciones en el aire—. Es parte de mi educación.

—Ya veo —dijo ella, arqueando las cejas—. Un nieto del Primero tiene tiempo para investigar.

—No es una investigación. Lo hago para divertirme.

Paul se inclinó hasta recostarse en la consola que había a sus espaldas (una operación que no era demasiado difícil con poca gravedad, incluso con un mobiliario de tipo tubular) y se quedó mirándola. Tenía muslos más gruesos de lo que él recordaba. Nada de pecas, una verdadera mujer, sí, señor, y muy linda.

—Quieres que volvamos a compartir el cuarto? —preguntó—. Yo estoy libre.

Era un poco directo, pero qué carajo…

—No lo dudo. Pero yo no —contestó ella desviando la mirada hacia la siguiente cabina de la consola.

—Busca el modo.

—Estoy embarazada.

—Estúpida. Ya vas a tener bastante trabajo para adaptarte a vivir en la Tierra sin un hijo, y tu primer hijo, para colmo.

Zanzee se dio vuelta bruscamente, el pelo negro se arremolinó y volvió a caer sobre la espalda. Siempre le había gustado ese pelo a Paul. Hasta su ceño fruncido le gustaba; parecía el de un niño imitando a un adulto enojado.

—No vamos a volver. Lo sabrías si…

—Sí, tal vez no volvamos —dijo Paul lánguidamente.

—Tú…

Zanzee titubeó un poco, había perdido la violencia de su ataque. A él siempre le había gustado jugar así con ella.

—Te importaría si hubieses madurado. Jamás pensaste en establecerte aquí. Así que te da lo mismo que volvamos a la Tierra. Eso sólo significa más campo para tus…

—Bueno, bueno.

—Comparado contigo, Elias es un príncipe. Él actúa, no tiene miedo.

—De modo que Elias es el padre.

—¡No!

—Es una lástima. Eso es lo que la Tierra anda necesitando, más Elias.

—Pero no vamos a ir…

—Sí, claro. Me olvidaba.

—Paul —Zanzee cambió de humor súbitamente; el fuego había desaparecido de sus ojos—. Paul, nosotros nos conocemos.

—Es lo menos que se puede decir.

—No, yo quiero decir… emocionalmente, no lo otro.

Paul asintió, preguntándose porqué las mujeres —las mujeres no, las chicas— evitaban hablar claro.

—Tu apoyo significaría…

Paul se puso de pie, enderezando el taburete.

—Pero, Zanzee —dijo mientras daba algunos pasos y movía las manos en señal de negación—, tú sabes bien que yo no sé nada de política.

Hizo una contorsión, dobló sus anotaciones, se las metió en el bolsillo derecho y se fue.

Paul durmió solo esa noche. Y soñó.

Un corredor, inacabable. Arriba llueve. La lluvia golpea contra el techo del corredor, repiqueteando tonaditas. El corredor tiene goteras y la lluvia cae sordamente en el interior. Hay baldes para contenerla, pero están mal ubicados y la lluvia cae sin obstáculos hasta el piso.

Con la nariz contra el suelo, húmedo y embarrado, el espectro negro husmea por el corredor. Es un espectro delgado y alto; un velo negro le cubre la cara y las manos son en realidad garras, como las de un gorila africano que había visto en trideo o las de un orangután.

El espectro negro se agita y busca el final del corredor. Hace muchas décadas que busca (tal vez siete), pero el corredor es inacabable, como la lluvia.

El corredor está saturado. La pintura se descascara. Escamas grises quedan adheridas a las ropas del espectro negro, que respira con dificultad.

El corredor termina.

Abajo no hay nada. Adelante, arriba, tampoco hay nada. Detrás está el cálido bienestar del corredor. El espectro se enfrenta con el vacío, mira fijamente, se estremece. Se frota los ojos; son los ojos de Paul; otra vez los ojos del espectro, mojado de lluvia.

Un halo rojo…

Computadora Central…

Porque el hombre puede armonizar el ritmo del tiempo.

Un espectro negro, un espectro blanco: se pelean, se arrancan pedazos. Chillan en la oscuridad. El anciano espectro blanco se aleja, dando vueltas y vueltas enloquecidas y con los brazos envueltos…

Paul abrió los ojos y giró sobre sí mismo. Se encontró frente a frente con Elias.

—¿Qué cuernos buscas?

—¿Estás solo, Paul?

—No, estoy jugando a las cartas con cinco chinos.

—Yo…

—¿Si?

—Tu abuelo… llamó a la Tierra. Los cohetes ya salieron hacia aquí y tienen propulsores extras. Van a llegar en pocas semanas, en dos semanas.

Paul saltó fuera de la cama. Su habitación estaba casi vacía, desnuda; las paredes eran de un gris pizarra y la única decoración era un estante con latas de microfilms. Los primeros tres volúmenes del estante eran: El Ser y la Nada, El Alma en el hielo y Por el camino de Swann.

—¿Y? —dijo Paul, con un dejo de cansancio en la voz.

—Tenemos que detenerlo. Va a ser el fin de todo. Debe haberse enterado de nuestros planes. ¿Le has contado? No quiero decir que lo hayas hecho deliberadamente, pero tal vez dejaste escapar algo.

—No fue necesario.

—Ah… bueno… está bien, pero no podemos volver a la Tierra. Allí no seremos nada.

—Yo sí. Incluso Randall va a ser alguien, aunque él no lo sabe. Es muy posible que te consiga un puesto como sacerdote.

—¿No podríamos olvidarnos de…?

Elias extendió sus manos y Paul se sorprendió al ver que estaban temblando.

—Tenemos que…

—¿Cuál es tu plan?

Paul tomó una caja de orejones del estante, se sentó sobre la cama y empezó a comérselos. (Un sueño: ¿sobre la morena y suave Zanzee? Probablemente no. Ya estaba demasiado viejo para ese tipo de sueños.)

—Voy a distribuir a mis hombres. Vamos a tomar los puntos estratégicos, la cámara de entrada de los vehículos de exploración, los tanques hidropónicos, la central de mantenimiento, las comunicaciones, la computadora. Cuando lleguen las naves, no habrá elección. O nos dejan solos o esperan a que nos rindamos. No pueden atravesar un kilómetro y medio de hielo.

—Y sólo podrán entrar de a pocos por la cámara —dijo Paul.

—Exacto —dijo Elias, enronqueciendo la voz.

—¿Vas a matar a mi abuelo?

—¡Jamás lo haría! No hay necesidad. Sólo lo retendremos. Hasta que haya pasado el peligro.

—¿Hasta que muera? (¿Había soñado con Melinda? ¿Pecas marrones, pelo colorado?)

—No. Sólo hasta que la Tierra se decida a dejarnos tranquilos.

—Si lo pusieras en libertad serías un tonto. Randall sigue siendo el Primero y tiene mucho apoyo. Los viejos lo aprecian mucho y ellos quieren volver. Yo mismo le tengo simpatía, carajo. Vale por dos como tú, por lo menos.

—Si nos unimos podemos enfrentarlo.

Paul se rió. Había estado aguantando esa carcajada desde que se despertó y ahora se rió en la cara de Elias. Después de un rato dijo:

—Randall me pidió que guardara el secreto, que no te lo contara, pero me temo que no puedo seguir callándome. No podemos quedarnos aquí. Ya sé que no entiendes nada de dinámica orbital, pero… bueno, Céfiro va a acercarse más de lo acostumbrado al sol esta vez. El manto de hielo se va a derretir. No vamos a tener más materias primas para nuestros tanques hidropónicos ni más combustible para la fusión, y nos vamos a achicharrar.

—¿Estás… seguro?

—Segurísimo. (¿Un espectro blanco? ¿Un espectro negro?) Lo verifiqué personalmente.

—Entonces…

—Entonces es mejor que empieces a hacer las valijas.

¿Iba a ponerse a llorar Elias? Los grandes profetas de! pasado solían llorar.

—No está bien. Yo… —dijo Elias.

—Cállate la boca —dijo Paul. (El espectro blanco tenía la clave…)

—Si tú hubieses ayudado…

—Olvida eso.

Los pensamientos se arremolinaban en la cabeza de Paul. (¡Cristo! ¿Yo analizando sueños? Dentro de poco será el Tarot.)

—Escucha, sigue con tu plan. Envía tus hombres afuera y coloca muchos en la cámara.

—No…

—Muévete.

Paul se puso de pie, se frotó los ojos y empezó a vestirse.

—¿Qué hora es?

Encontró su reloj pulsera.

—Estamos en la mitad de la noche. Excelente.

Elias arrastró los pies, empezó a decir algo y después se fue.

Paul esperó un momento, haciendo planes maquinalmente. El sueño seguía perturbándolo (algo insólito) pero estaba empezando a recuperar la confianza. El espectro blanco era Randall. Entonces ya sabía.

—Abuelo —dijo Paul suavemente.

—¿Sí?

Se encendió una suave luz de neón. Randall estaba tendido en diagonal sobre la cama, con los ojos nublados por el sueño.

—Levántate. Elias dio el golpe.

—¿Qué?

—Ya controla la mayor parte de los puntos estratégicos. Vamos.

Ayudó al anciano a salir de la cama y a ponerse un suéter. A Randall le llevó bastante tiempo terminar de despertarse.

Paul lo obligaba a apurarse con una catarata de explicaciones y de exhortaciones, detallando la probable situación. Randall se movía lentamente, buscando a tientas sus botas, tropezándose, incapaz de creer lo que estaba ocurriendo.

—Una señal en código —masculló, atándose los cordones—. Envié a la Tierra un mensaje pidiendo que aceleraran el encuentro. Estuvieron de acuerdo. Sabían que yo todavía podía pensar con claridad. Elias podía intentar algo, causar dificultades. Pero yo nunca…

—No está todo dicho todavía —dijo Paul.

Nunca había visto a su abuelo así, tan viejo y tan débil.

—El panorama no pinta tan mal. Pero tenemos que actuar.

Se pusieron en marcha, bajaron por el ascensor privado de Randall. Los dos guardaban silencio. Randall se mordía los labios, mascullaba, movía desmañadamente las manos en el aire. Paul usaba la cabeza, verificaba, repasaba los movimientos, controlaba el tiempo. El ascensor se detuvo.

—¿Por qué aquí? —preguntó Randall. Hubo un brillo de miedo en sus ojos al ver la habitación, muy pequeña, donde era difícil respirar.

—Estamos cerca de la compuerta de la cámara. Y tu traje está guardado —la puerta se abrió— aquí. Métete en él. ¿Dónde hay uno estándar?

Randall hizo presión sobre un cajón secreto que había en la otra pared de la habitación. Rompió la funda de su propio traje y comenzó ponérselo. Paul tomó el traje estándar y empezó a ajustarlo para que se adecuara a su altura y a su tamaño. Su traje privado estaba en la bóveda de almacenamiento cerca de la compuerta de aire. Después de un rato se detuvo.

—No puedo hacer gran cosa con un traje así. Voy a…

Cuando empezaba a darse vuelta Randall lo tomó de un brazo.

—¿Qué sentido tiene todo esto?

Paul miró a su abuelo y vio un temblor de vejez en sus ojos cansados. De pronto Paul se sintió culpable, pero rechazó el sentimiento. El universo era demasiado amplio para incluir las emociones.

—Vamos a descomprimir las habitaciones en las que están los hombres de Elias.

—Eso es un… asesinato.

—Sólo si se niegan a rendirse. Bajaremos la presión al mínimo pero seguirán viviendo. Nunca mataría a nadie. Deberías saberlo.:

—Debería —dijo Randall, y después de una pausa—: ¿No podría hablarles? Siempre me las pude arreglar con ellos.

—No —dijo Paul—. Nunca antes hubo una situación tan grave.

Randall asintió.

—Pero, ¿por qué trajes para nosotros?

—Alguien tiene que entrar a atraparlos, aunque se rindan. Y voy a ser yo. Si algo anda mal, te mando una señal por radio y quitas el tapón del cuarto. Yo podré sobrevivir. En todo caso podrás venir a buscarme.

—Es un buen plan —dijo Randall—. Ojalá…

—¡Apúrate!

—Sí, claro.

Randall se ajustó el cuello del traje.

—Voy a ir hasta la compuerta —dijo Paul—. Voy a buscar mi traje y vuelvo. Tú quédate aquí.

—Pero…

La puerta se cerró ahogando la protesta de Randall. Paul se lanzó a la carrera por el corredor, tocando apenas las paredes. En una oportunidad miró hacia atrás, con la certeza de haber oído pasos vacilantes que seguían la huella de los suyos, pero el corredor estaba vacío.

Se detuvo en la entrada del área de la compuerta. ¿Ya estarían en sus puestos los hombres de Elias? El único modo de saberlo era entrando.

Abrió la escotilla, asomó su cabeza por el agujero y miró alrededor.

Había dos pistolas apuntándolo; reconoció a dos hombre de la reunión del día anterior. Les dirigió una sonrisa forzada. Los hombres lo miraron fijamente durante un largo rato y después bajaron las armas.

—¿Tienen una soga? —preguntó Paul.

Los dos hombres se miraron, evidentemente no habían hecho el reconocimiento de la compuerta.

—Dejen, no importa.

Paul se abalanzó sobre un armario de provisiones, revolvió y encontró algunas cuerdas de seguridad de nylon.

—Enseguida vuelvo. No disparen.

Volvió al vestidor privado de Randall.

Abrió la puerta, ocultando la soga y encontró a Randall mirándolo a través del visor de su traje. Randall dijo algo y después se dio cuenta de que Paul no podía oírlo. Buscó la válvula de descompresión. Paul golpeó con los talones en la pared, se abalanzó sobre el viejo y lo arrojó contra un rincón.

Antes de que Randall pudiera volver a ponerse de pie, trastabillando torpemente por la falta de costumbre de usar traje después de tanto tiempo de estar adentro, Paul se le puso atrás y abrochó entre sí los cierres que tenía el traje en las muñecas. Randall habría podido zafarse si hubiera recordado cómo, pero Paul confiaba en que le llevaría algún tiempo darse cuenta.

Tenía razón. Randall trató de llevar los brazos hacia los costados del cuerpo, pero se encontró con que los tenía atados a la espalda. Paul deslizó las sogas de nylon por los brazos de Randall, las hizo pasar por las piernas y empaquetó al hombre como si fuese un juguete enorme. En pocos minutos lo tenía completamente atado.

No había tiempo para contemplaciones. Lo levantó en vilo y lo arrojó al corredor. El viejo debía estar sufriendo bastante con tantos golpes, pensó Paul, pero el traje evitará que se rompa algún hueso.

Paul se lanzó con Randall por el vestíbulo gris semicircular. Jadeaba. El espectro blanco. El espectro negro. Peleando.

Las paredes del corredor parecían cerrarse sobre él, y aceleró la carrera, tropezándose casi por el apuro. Este que cuelga como una bolsa mojada de mi hombro es mi abuelo, pensó. Mi propia carne, mi propia sangre. El hombre que me sacó de la nada y me convirtió en la clase de animal que puede atacar a los suyos. Una risa histérica le trepó por la garganta cuando chocó contra la escotilla.

Hizo una pausa para tomar aliento contando hasta diez y recitando algo en griego. Después entró en la habitación.

Los dos hombres se quedaron con los ojos fijos en el bulto que llevaba Paul; a través del visor podían ver que se trataba de Randall.

—¿Cómo…? —dijo uno de ellos.

—Cierra la boca —dijo Paul—. Y sostén esto.

Les pasó el cuerpo de Randall a los hombres. Tenía que apurarse. Elias llegaría en pocos minutos más. No había tiempo que perder, pero… Olvídalo, se dijo. Es sólo un hombre. No le debes nada; tienes que elegir entre su vida o la tuya. Él es viejo; tú eres joven.

No tuvo ningún problema en encontrar su traje privado. Se deslizó dentro de él y volvió a la recepción principal. Elias lo estaba esperando, de pie junto a Randall.

—Elias —dijo Paul—, manda a tus hombres por un cajón de tubos de oxígeno.

Elias había traído dos hombres más con él y Paul quería desembarazarse de ellos.

—Ahora mismo.

—¿Qué piensas…?

—¡Ahora mismo!

—Bueno, está bien. Zabronski, Kanyen, hagan lo que dice.

Se marcharon los dos. Elias señaló a Randall.

—¿Qué…?

—Es demasiado parecido a un símbolo. Los viejos lo seguirían a cualquier parte, y tú no quieres que eso suceda, ¿verdad?

—No. Yo…

—Bien. Entonces vamos a sacarlo de circulación. Lo voy a llevar afuera, con aire y comida, y lo voy a dejar en el hielo. Lo voy a esconder en algún vallecito, atado, con suficiente libertad de movimiento como para que cambie sus tubos y se alimente.

Elias frunció el ceño como dudando.

—Parece un poco drástico. ¿No podríamos…?

—¿Estás asustado?

—No —Elias se encogió de hombros—. Al fin de cuentas es tu abuelo.

Esa es la clave, precisamente, pensó Paul.

—Ábrele el traje a Randall. Quiero que nos oiga.

Elias hizo lo que le decían. El traje de Randall era de un rojo anaranjado y Randall parecía una langosta gorda y ridícula junto a la entrada principal de la compuerta de aire.

—Paul —dijo Randall con la voz suave, apagada.

—Randall, yo…

—Presta atención a mis instrucciones —dijo Elias—. Estoy por arrojar…

—No tengo por qué escucharte —Randall recuperó su vigor al ver a Elias—. Si me matas desatarás la anarquía en este mundo.

—¿La anarquía? —repitió Paul—. ¿Y qué tiene eso de malo?

Los dos hombres volvieron, arrastrando un cajón rodante de tubos. Habían estado escuchando; en la parte de arriba había alimentos y botellas de agua a presión.

Randall miraba a Paul con ojos duros.

—No lo comprendo —empezó a decir—. Mi propio nieto… Paul, podríamos haber…

—Lo siento —dijo Paul—. Pero tenía que ser así. Creí que ya estabas al tanto de todo.

Randall quiso empezar a hablar pero sólo asintió débilmente.

—¿Nunca se te ocurrió preguntarte por qué te eligieron Primero en Céfiro cuando la mayoría era liberacionista? —le preguntó Paul.

Elias miró extrañado a Paul y Randall volvió a asentir. Los demás hombres permanecían en silencio, sin comprender una palabra de la conversación.

—Creo saberlo —continuó Paul—. Tenían que tirarle un hueso a los planificadores y a los burócratas y a los cagatintas, y te eligieron, pero sabían que no importabas porque, a su modo, conocían bastante de política.

—Eran unos criminales —dijo Randall, con voz lejana, como si hablara desde otra época—. Eran todos unos criminales.

—Tal vez sí, antes de que terminara todo. Ahora también yo soy un criminal; todos los hombres de acción cometen algún crimen contra alguien. Los liberacionistas querían ese lanzamiento transplutónico, pero no en nombre de la ciencia o por afán de gloria. Creyeron que ya estarías muerto, no tuvieron en cuenta que la poca gravedad prolonga la vida. Sabían muy bien que el tipo de libertad con la que ellos soñaban no podía darse en esa lata de sardinas en que se estaba transformando la Tierra.

—Ya veo —dijo Elias.

Paul lo miró. Tal vez sea más vivo de lo que parece,pensó Paul. Será mejor acelerar el trámite. Un hombre que está por morir merece saber la verdad.

—Los liberacionistas enviaron una pequeña comunidad pionera, Céfiro, independiente de la Tierra. Sabían que después de terminar el viaje no querríamos regresar. Céfiro fue libre mientras estuvo fuera del alcance de las veloces naves terrestres. Cuando se quede sin nitrógeno y sin oxígeno encontraremos algún otro cometa, más allá del décimo planeta. Ya vimos lo suficiente en nuestra órbita… la próxima vez ya sabremos dónde buscar. Y mientras Céfiro sea libre habrá al menos un lugar donde los hombres sean libres.

—Si la Tierra llegara a autodestruirse —dijo Elias lentamente— podríamos regresar a repoblarla.

Paul ya veía a Elias forjándose un papel protagónico en ese nuevo drama imprevisto. Iba a pulirlo, a esbozarlo cuidadosamente y acabaría por creer que la idea había sido suya desde el primer momento. Y también convencería de eso a todos los demás.

Pero Randall no era de la misma opinión. Tirado en el piso, con los ojos cerrados, empezó a reírse calladamente.

—¿Dónde está la gracia? —preguntó Elias, con la cara roja de ira.

—Ustedes son los graciosos —dijo Randall—. Tú. Y Paul. Ustedes y sus maravillosos proyectos. ¿Así que van a repoblar la Tierra? ¿No se habrán olvidado de algún detalle? Después que Céfiro pase junto al sol no van a ser capaces de repoblar nada, porque van a ser cadáveres carbonizados.

El miedo reemplazó a la ira en el rostro de Elias. Se volvió hacia Paul:

—¿Qué…?

Paul sacudió la cabeza.

—Eso no es problema. Hice un catálogo de los sólidos que cruzan la misma órbita que Céfiro, los materiales de desecho que nos siguieron a lo largo de toda nuestra elipse. Si ponemos a trabajar todos los vehículos de exploración y no paramos un momento, podemos reunir bastante material como para fabricarnos un escudo defensivo. Incluso tendríamos tiempo de pulir la superficie, para estar seguros de que estamos a salvo. Una semiesfera de unos pocos metros de espesor sería suficiente.

Randall volvió a reírse con una risa amarga.

—¿Tienes la respuesta para todo, no es cierto?

—Algo así —dijo Paul.

Miró a su abuelo durante un largo rato, ambos miraban fijamente los ojos del otro. Después Paul se volvió hacia Elias.

—Sellen el traje de Randall —dijo—. Ya perdimos mucho tiempo.

Esperaba, flotando.

—¿Puedes alcanzar los tubos y conectarlos? —le preguntó Paul a Randall.

Estaban comunicados por medio de un tubo de metal que transmitía los sonidos entre los trajes.

—Sí.

—Bien, esperemos que la Tierra se lleve sus naves de vuelta cuanto antes.

Hubo una pausa. Después Randall dijo:

—Hace mucho frío aquí afuera, Paul —la voz vibraba con el dolor de la vejez—, hace tanto frío.

—Tienes bolsas de carga de más —dijo Paul—. Úsalas.

La luz lechosa del alba sobre la superficie de Céfiro se filtraba a través del hielo, se reflejaba en el borde del manto y reverberaba. Tenía un sombrío matiz anaranjado que hacía que el traje de Randall resaltase aún más en la cavidad que Paul había encontrado para él. Allí abajo, en reposo, el viejo, parecía frágil y muy solitario. Como la humanidad en el universo, pensó Paul. Una manchita en el abismo negro.

—Voy a morir —dijo Randall—. Sabes bien que voy a morir. Mírame y di que no lo sabes.

Paul miró a su abuelo.

—Sé que es probable que mueras.

El vacío los cubría a todos, una nube enorme, vacía, devoradora.

—Me asesinas —dijo Randall—. ¿Y por qué? Por una causa. Por una causa ridícula, estúpida e inútil.

—No es por una causa —dijo Paul (no había causas en su vida)—. Es por mí, por mi libertad.

En lo alto giraban solemnemente frías estrellas que se retorcían en el vacío, envueltas en el fulgor de la cabellera del cometa. En pocos minutos más podría verse la Tierra, el brillante faro del Hombre.

«A mí no me conmueve», pensó Paul. «Es un espectáculo para Randall.»

—¡Paul! ¡Por favor, Paul!

«Hubo un tiempo en que lo quise mucho», pensó Paul, «fue el único al que quise. Veneraba sus pisadas, reverenciaba cada una de sus palabras. Y ahora lo asesino.»

Paul retiró el tubo de comunicación del traje de Randall y lo ajustó al flanco del vehículo. Se quedó un momento mirando la figura solitaria sobre el hielo y después puso en marcha el aparato. No hizo ningún ademán de despedida. No miró hacia atrás.

La cavidad en la que quedaba Randall estaba a veinticinco kilómetros de distancia de la cámara, pero el viaje resultó corto. Paul voló por encima de descarnados cuchillos de hielo negro, rumbo al amanecer. Conectó la radio de su traje y llamó a la compuerta.

—Todo en orden —dijo, con voz controlada—. Voy a entrar.

Se escuchó una breve respuesta de Elias.

Desde el primer momento todo había consistido en precipitar a Elias, en mantenerlo ocupado, en no dejarlo pensar. Randall no era el obstáculo principal pero habría podido convertirse en una molestia si se hubiera quedado en Céfiro. Habría sido Elias el que decidiera todo.

Paul condujo su vehículo hasta la entrada y se dejó caer en la cámara.

La luz que lo rodeaba osciló y se oscureció, arrojando pálidas réplicas del vehículo sobre las paredes. El espectro negro, cayendo.

Paul recordaba una frase de la andanada de palabras que había gritado Randall en el viaje de ida.

¿Realmente quieres vivir bajo las órdenes de Elias?

Elias era la clave. Ahora que Paul le había dado la idea de poner a Randall en un depósito frío en la superficie ¿qué cosa más natural que el siguiente paso? A Paul no le había importado un carajo la política de jardín de infantes que había desplegado Elias hasta entonces… pero ahora la situación era otra. Paul era el único rival de Elias. Ahora, le gustara o no, tenía que seguir con el juego.

Desaceleró los motores y frenó. Las luces se habían encendido solas y Paul maniobró para colocar el vehículo en su amarradero. Si sintió algo aturdido durante la caída libre; había desayunado poco. ¿Qué habría estado haciendo ahora, se preguntaba Paul, si Zanzee hubiera aceptado la invitación de dormir con él y él hubiera echado a Elias cuando llegó con la noticia? Se sonrió para sus adentros y después se rió en voz alta: no lo sabía, las circunstancias hacen al hombre (¿y al asesino?).

Dio un salto y se acercó a la compuerta de aire para la tripulación. Las luces estaban en posición normal. Todo parecía igual.

Pero si Elias aprovechaba la oportunidad, podía dejar a Paul en el exterior para siempre. Podía tomarlo prisionero. Enseguida se hizo la imagen: él y Randall muriéndose juntos mientras acechaban el hambre, la locura, la sed y el frío insoportable.

Por un instante se maldijo y maldijo su irracionalidad. Se había encargado personalmente del trabajo porque… había que admitirlo de una vez por todas: porque Randall era su misma sangre. No podía mandar a uno de los suyos a enfrentarse solo con el último camino, el de la oscuridad. En última instancia era un acto personal.

Podría habérselo encargado a otro. Tendría que estar con Elias en esos momentos, esperando que algún lugarteniente regresase del frío.

Eso es lo que decía la lógica. Pero sabía que no habría podido hacerlo, más allá de la lógica y de todos los sistemas. Si quería salvar un resto de dignidad, la puñalada para Randall tenía que venir de alguien de su propia sangre.

Antes de que pudiera impedirlo, oyó una vocecita que preguntaba en medio de la confusión de su conciencia:

¿Y eso es todo? ¿No sabes acaso que un lugarteniente que desempeña las funciones de un general ya no puede volver a ser un teniente? ¿Estás seguro de que no calculaste también ese riesgo?

Paul sintió que se endurecía para cerrarle el paso al pensamiento. Esto sí que no se lo había esperado. Una vez que uno empieza a jugar y marca los tantos, las cosas dejan de ser tan claras. Nunca lo sabría con seguridad.

—Estoy aquí afuera —dijo Paul por su radio—. Abran la compuerta.

Hubo un silencio. Paul puso la mano sobre la escotilla y esperó. Pasaron largos segundos.

Después sucedió. Un estremecimiento, tan leve como siempre, y la escotilla que se abre.

Paul franqueó la entrada.

Había ganado. Elias no había tenido tiempo de pensar. Paul era un hombre libre. Una vez adentro, se sabía capaz de enfrentarse a Elias y a cualquiera de sus compinches.

Paul se llenó los pulmones con el aire con olor aceitoso del traje, que tenía sabor a tensión, a muerte y a miedo.

¿Realmente quieres vivir bajo las órdenes de Elias?

No, no pensaba hacerlo.

«Pero ¿por qué?», pensó, «¿por qué estoy llorando?»

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